Era la víspera de Halloween, y en el tranquilo pueblo de Chozas de la Sierra, los niños estaban emocionados por el desfile de disfraces y la recolección de dulces. Sin embargo, en el conocido huerto Matarrubias, algo diferente ocurría.
En medio del campo de calabazas, se erguía un espantapájaros llamado Simón. Simón no era como los demás espantapájaros; tenía un gran corazón, aunque nadie lo supiera. Estaba hecho de paja, con un sombrero viejo y una camisa de cuadros roja y raída, pero lo que más destacaba en él eran sus ojos brillantes, que parecían llenos de vida.

A Simón le encantaba el campo de calabazas. Durante el día, observaba a los pájaros volar por el cielo y a los niños jugar cerca del huerto. Pero al llegar la noche, se sentía muy solo, porque todos se iban a sus casas y él se quedaba allí, inmóvil y en silencio.
Una tarde, justo antes de Halloween, un grupo de niños pasó por el lugar. Entre ellos estaba Sofía, una niña muy curiosa y valiente. Sofía siempre había creído que los espantapájaros podían cobrar vida, así que decidió acercarse a Simón.
—¡Hola! —le dijo Sofía al espantapájaros—. Me llamo Sofía.
Para sorpresa de todos, Simón movió un poco la cabeza y sus ojos brillaron más que nunca.
—¡Hola, Sofía! —contestó con una voz suave y amable.
Los niños se asustaron al principio, pero Sofía no. Con una gran sonrisa, se acercó más.
—¿Por qué puedes hablar? —preguntó ella sin miedo.
—Solo hablo cuando alguien me saluda con amabilidad —explicó Simón—. Llevo mucho tiempo aquí cuidando el huerto, pero nadie había hablado conmigo hasta ahora.
Sofía miró a sus amigos, que poco a poco se fueron acercando. Al ver que Simón no era peligroso, los niños comenzaron a conversar con él. Le contaron sobre Halloween, los disfraces y lo divertido que era recolectar dulces.
—¡Qué emoción! —exclamó Simón—. Nunca he celebrado Halloween, pero me encantaría.
Sofía tuvo una idea brillante.
—¿Y si este año te disfrazamos y vienes con nosotros? —propuso.
Los ojos de Simón se iluminaron aún más.
Esa misma noche, los niños regresaron al huerto Matarrubias con retazos de telas, cintas y viejos sombreros. Trabajaron juntos para hacerle un disfraz a Simón. Lo convirtieron en un divertido pirata, con un parche en el ojo y un sombrero grande.

Cuando llegó la noche de Halloween, Simón, el espantapájaros, caminó por todo el pueblo con los niños. Pasearon por la plaza, visitaron el CAT, dieron una vuelta por el Zoco sin parar de reír y saltar, visitaron a los mayores e hicieron «truco o trato» por todos los comercios del lugar y, aunque al principio algunos adultos se sorprendieron al ver un espantapájaros entre los disfraces, pronto entendieron que Simón era especial. Todos lo saludaban, y él les respondía con una gran sonrisa.
Esa noche, Simón no solo se sintió parte del pueblo, sino que también descubrió la verdadera magia de Halloween: la amistad y la diversión compartida.
Desde entonces, cada Halloween, Simón se disfraza y lo celebra con los niños de Chozas de la Sierra, recordándoles que la verdadera magia no está en los disfraces ni en los dulces, sino en la bondad que se puede encontrar en los lugares más inesperados.
Moraleja: No juzgues a alguien por su apariencia, pues detrás de lo que parece diferente o extraño, puede haber un corazón lleno de bondad.
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